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La Fridita

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Cuando nació estaba amarilla, muy amarilla, y teníamos que ponerla al sol para que agarrara color. Todavía me acuerdo cuando la sacaban en las mañanas sin ropa y la ponían a tostar, de un lado y del otro. Y ella siempre quitecita, sin hacer mucho ruido. Era el bebé más dormilón de todos, la acostaban a las 9 de la noche y se despertaba hasta las 7 de la mañana, sin interrupciones, sin llantos nocturnos, sin moverse siquiera de la posición en la que la dejabas. Cuando aprendió a incorporarse un poco se sostenía con la boca de la orilla del moisés y así se quedaba, con la mordida prensada mirando todo lo que había a su alrededor. Podía pasar horas enteras mirando la televisión y chupándose el dedo, sin parpadear, como en una especie de trance. Tenía los ojitos redondos y la cabecita suave, olía siempre rico, como a caramelo. Yo tenía 5 años y 7 meses cuando Frida vino al mundo. Al parecer me puse celosa por su llegada y hacía cosas como tomarme sus mamilas de agua y meterme a su c...

Mamá

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-Vamos a la calle- me decías, y me ponías mi abriguito rojo, me abrochabas bien el cinturón de la carreola y las dos nos íbamos a pasear toda la mañana por las calles de un Madrid muy diferente al que me encontré hace unos meses. No se si esas imágenes de ti y de mi paseando juntas son recuerdos o construcciones que hice con los años, pero lo que sí recuerdo, es ese salto de alegría que me daba el estómago cada vez que tú me decías, 'Vamos a la calle'. También recuerdo tu gabardina negra de botones grandes, tus botas negras arrugadas, y te recuerdo delgadita y guapa, con tu pelo negro ondeado hasta los hombros y con un fleco de lado, con los labios muy rojos. Y el ceño siempre fruncido, pero los ojos buenos, buenos como tú. Nunca me trataste como se trata a los niños (como si fueran tontos), ni me decías, "el gua-guá", "el tic-toc", "el run-run",  me hablabas como a un adulto se le habla: "el perro", "el reloj", "...

Bendito romance...

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Pasé meses sin escribir una palabra, y justo ahora que tengo tanto trabajo pendiente, las ideas empiezan a hervir. Empecé a escribir un ensayo de historia contemporánea y al cabo de dos horas tenía terminados dos cuentos cortos y unos versos de amor sin destinatario. Tal vez fue la renuencia de mi cerebro a trabajar en cosas serias, su eterna y necia renuencia a la normalidad. Ahora escucho a Tom Waits, al que descubrí hace unos años pero lo olvidé, y en 46 minutos he decidido que su música tiene que amenizar alguna gran fiesta que yo ofrezca para mis amigos y familia. Y no, no quiero hablar de mi hipotética boda, porque eso me provoca un nudo en el estómago, y he desayunado tan bien que no quiero arruinar mi digestión. Lo que sí se es que hay una de esas canciones, Little trip to heaven, que algún día me gustaría bailar con alguien, aún no se con quien, muy despacio, abrazados, en alguna azotea bajo la luna, como en las películas, con vino y velas, con flores en mi cabello, si...

Valentina

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La primera vez que nos vimos, hacía mucho frío. El día más frío del año 2003. Tenía la cabeza hecha un lío, había pasado toda la mañana con mis compañeros de la preparatoria en un jardín de niños, jugando con pequeñitos muy pobres y con discapacidades; y aunque traté en aquella visita de prestar toda mi atención y de pasar un rato agradable con todos esos pequeñitos, mi corazón no dejaba de pensar que en esos mismo instantes yo tenía a una madre de 40 años en el hospital, lista para dar a luz, en parto natural, a mi segunda hermanita. Yo le pedía a Dios que todo fuera bien, que no hubiera peligros para ninguna de las dos. Y entonces a eso de las 2 con 5 de la tarde, cuando yo iba llegando al hospital muy apurada después de la excursión escolar, me dijeron que todo había salido bien, que ya había nacido la pequeña Valentina. Esperé con toda la familia que ya estaba ahí reunida y a la expectativa. Todos nos moríamos de frío y de nervios. Y entonces salió la camilla que llevaba a...

De viaje

Ha pasado algo de tiempo desde que escribí por última vez aquí... este año trajo consigo todo el paquete de emociones posibles para mi. Empecé con la partida de este mundo de mi abuelito, al que tanto quería, y eso ya es mucho para comenzar un año. Sin embargo eso fue lo que me permitió llegar a vivir con mi abuelita, a quien quiero mucho, a quien adoro, pero a la que no conocía tan bien como ahora. Acompañarla en sus meses de duelo, cocinar con ella, ver la televisión juntas, ir al supermercado, contarnos historias, dormir juntas, nos acercó mucho más, nos hizo entendernos la una a la otra, y aunque en esos meses me volví un tanto aislada de mis rutinas, aprendí muchas cosas importantes, y valoré tantas otras. Después vino el viento del cambio, y la oportunidad de irme en un viaje muy lejos, a estudiar, a vivir cosas nuevas, a conocer otros paisajes. Y en ese proceso también me rompieron el corazón, la persona a quien yo quería más, a quien le confiaba todo lo que yo era y quería se...

Para mi abuelito Emilio

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Que esta sea nuestra despedida, pero no para siempre, porque algún día nos hemos de volver a ver para reír y comer juntos. ‘¿Dónde estará mi abuelo?’. Eso fue lo que mi hermana Frida me preguntó hace unas horas, cuando tristes y exhaustos volvimos todos juntos -en familia, en unión, como a ti te gustaba- de despedirte de este mundo, a ti nuestro patriarca, mi consentido, mi querido abuelito Emilio, o como eras conocido por todos, Don Emilio Cárdenas Cruz. La verdad, es que esa misma pregunta me hice durante todo el día de ayer, cuando después de una intensa batalla decidiste que ya era suficiente, que era momento de ir a descansar, de volver a ver a esos que ya te estaban esperando, a tus papás, a tus hermanos; y no hallaba yo una respuesta. Hoy ha sido un día muy largo, de muchas lágrimas y mucho sentimiento. Pero mejor así, mejor que te lloremos, que te extrañemos y que nos duela, porque eso quiere decir que dejaste una huella muy grande en nuestros corazones, porque eras ...

Cassandra

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Cassandra me habla en sueños, y me susurra al oído: 'Ese caballo será la destrucción de Troya', me suplica que le prendamos fuego, que lo alejemos lo más posible de nuestros templos y hermosos jardines; Cassandra augura entre s ollozos: '¡Ninguna gloria de tal tamaño puede venir sin un sacrificio!'. Pero, ¡oh! pobre Cassandra, maldita por el Dios Apolo, sus profecías no han de ser creídas por nadie, ni siquiera por mí. Así que la ignoro, y acallo sus llantos encerrándola en un calabozo, recibo con ciega e inocente alegría la llegada del Caballo, y me voy a dormir, a soñar con él. Y no me doy cuenta de que mientras duermo embelesado, el terrible corcel revela su oscuro secreto, y desata su furia contra todo lo que construí con tanto esfuerzo detrás de mis fuertes y seguras murallas, y saquea y desgarra, y me deja en la ruina, llorando, moribundo, junto con Cassandra, la peor de mis tragedias, la que yo invité a mi propia casa ...