Trogloditas
Sobre el lamentable evento suscitado ayer en Cabo San Lucas, en el que un hombre atropelló a una multitud que celebraba el triunfo de la Selección Mexicana, y que rodearon su coche como suelen hacerlo los hinchas con los autos que pasan por las concentraciones de aficionados, hay tanto que decir y tanto que reflexionar sobre la sociedad actual, su temperatura y sobre todo, su estatura.
El escenario de los acontecimientos de ayer fue uno que se ha replicado en los últimos tiempos. Aficionados eufóricos que, llevados por la emoción del triunfo de su equipo en la cancha, se reúnen en vialidades públicas para gritar, cantar y que tienen a mal impedirle el paso a los conductores, llegando incluso a sacudir las unidades por la fuerza, subirse a los cofres abollándolos, romper cristales y parabrisas, casos más, casos menos.
Este despliegue de desenfreno sin duda es molesto, injusto y perjudicial para un conductor que sólo quería pasar y seguir su camino. No es una forma cívica de celebrar y le baja el nivel a nuestro espíritu futbolero. Porque está reflexión no va contra el fútbol, ni contra la gente que disfruta y se apasiona con los torneos, sino en contra de quienes ven en dicho ambiente festivo, una oportunidad para afectar a otros. Y eso es lo que más llama la atención. La pregunta es ¿Por qué lo hacen? ¿Con qué objetivo?
Hay muchas aristas en el tema, pudiéramos hacer un análisis de la euforia o histeria colectiva y sus efectos, o quizá una disertación sobre las costumbres y tradiciones de la afición futbolística, desde los hooligans hasta los hinchas del París Saint Germain que recientemente en sus festejos provocaron una jornada de terror con un saldo de una persona fallecida, más de cuatrocientos heridos e incontables daños materiales a negocios e infraestructura pública.
Sin embargo, deseo resaltar aquí un elemento que probablemente funge como detonante de cualquiera de estas situaciones tanto en México como en el mundo entero, y ese es, la frustración.
Ese sentimiento negativo que proviene de la no realización personal, de los sueños sin cumplir, de la injusticia y la desigualdad económica, de la división social y el clasismo. La frustración que muchas personas van juntando día tras día, en un mundo que solo favorece a unos cuantos, que nos divide de acuerdo a nuestro tono de piel, a nuestro poder adquisitivo. Frustración que, mal canalizada por la carencia de valores, al menor arranque de euforia sale disparada cuál proyectil, y se convierte en violencia pura. Toda revolución en la historia comenzó con un pueblo pobre y atrasado, copado de frustraciones y sed de venganza.
Hasta ahí dejamos la explicación de estas manifestaciones desmedidas que derivan en daños a vehículos y conductores en nuestro país.
Pero no podemos dejar de lado la otra cara de la moneda. A la persona detrás del volante que, igualmente frustrada y molesta, pisa el acelerador y detona la tragedia.
Reacción desproporcionada, el intento de homicidio.
El enemigo natural de un mexicano, siempre suele ser otro mexicano. Y en este caso, uno con un arma mortal como lo es una máquina de metal de toneladas de peso y un motor capaz de cortar de tajo existencias cuando se usa para tal propósito.
Las preguntas retornan: ¿Por qué? ¿Por qué lo hizo, a sabiendas del resultado?
Por lo que los videos que circulan en las redes sociales nos muestran, la multitud impedía su paso, pegaban con las manos en los cristales, no había señales de nadie subido en el techo o el cofre, no había gente asiendo la unidad para sacudirla. Solo le bloqueaban el paso y quizá llenaban sus cristales de huellas de manos sucias. Y eso fue suficiente para que el homicida concluyera que había que exterminar a estás personas de forma aleatoria, fuesen hombres, mujeres o niñas o niños. Su patrimonio estaba en potencial riesgo y esa gente tenía que morir bajo las llantas de su automóvil.
¿Suena mínimamente lógico esto?
No. Ese tipo de violencia sin justificación deja sin palabras.
La reacción de la multitud no se hizo esperar. Cortando el paso a la unidad para evitar su huída, sacaron al conductor de su asiento y procedieron a lincharlo, dejándolo con golpes en todo el cuerpo, que aún no sabemos el efecto que tendrán en su salud a largo plazo. Violencia genera más violencia, así siempre ha sido y seguirá siendo hasta que no logremos romper el ciclo de ser mejores que quien nos agrede.
Y aún encuentro que la moneda no es moneda, porque no tiene dos, sino tres caras, o quizá más.
Al enterarme sobre los sucesos de ayer a través de las redes sociales, me detuve a leer los comentarios de otros usuarios. Y entonces, mutis...
"Atropelló a puro animalito"
"Qué bueno por pendejos"
"Yo hubiera hecho lo mismo"
Quizá en una retorcida defensa, el perpetrador del acto pueda alegar que entró en pánico, que él mismo fue víctima de un ataque de histeria y no supo lo que hizo. Pretextos aparte, lo que realmente da escalofríos es la gente que al ver el vídeo, y leer la información, aplaude la acción, revictimiza a los festejantes llamándolos animales y e invita a que estás cosas sigan pasando.
Nueva pregunta: ¿Por qué? ¿Por qué?...
Y otra vez, la respuesta: Frustración.
La gente que puebla las redes sociales, sin querer llegar al extremo de la calificación que Umberto Eco le da a las hordas digitales, que tiene reacciones virulentas y desproporcionadas producto de una insatisfacción constante de su realidad, es la que ha alimentado los neofascismos y sectarismos de nuestros días. Gente que no puede empuñar un arma pero toma un teclado y vierte en él toda su frustración con rabiosas palabras de odio y racismo.
En el caso de nuestro país, la polarización de grupos sociales genera ese eterno enfrentamiento entre ricos y pobres, entre aspiracionistas y chairos, entre hombres y mujeres, entre izquierdas y derechas. Y entonces, a los que festejaban ayer en Cabo San Lucas, se les impone la etiqueta de "nacos", y entonces quienes se ven a si mismos como "no nacos", deciden que sus vidas valen menos, y que da gusto verlos ser arrollados por un auto.
Patético.
Aquí si acaso, pudiera señalarse la falta de vigilancia por parte de las autoridades municipales, quienes deben prever este tipo de legítimos festejos (porque la calle es de todos) y desplegar un operativo de tránsito, asignar espacios libres de circulación de autos para los festejantes, y una ruta segura para los automovilistas.
Pero nada, repito, NADA justifica un acto homicida.
El arranque violento proviene de una psique dañada, de una vida repleta de frustraciones, de la intolerancia y de una maldad intrínseca que sólo buscaba un suceso mínimo para manifestarse. No hay peros ni excusas, cuando no hay una legítima defensa de la propia vida o la integridad, que justifiquen el intento de homicidio; no hay circunstancia, por incómoda que esta sea, que sustente el derecho de una persona a poner en riesgo la vida de otras de manera indiscriminada (hombres, mujeres, niños, ancianos).
La foto compartida del conductor, lo muestra con la censura clásica, pero deja algo que podemos observar. Él también portaba su jersey de la selección nacional. Él también estaba festejando. Y él decidió pasar por esa concentración de gente, con su automóvil.
Entonces, creo que esto no se trata de fútbol, ni de daños materiales. Se trata de algo mucho más oscuro que corre por las venas de este país desde siempre: el desprecio por los "de abajo".
Triste es que no nos damos cuenta que, a pesar de tener algún sueldo decente y poder pagar a cuotas un cochecito o un teléfono inteligente, TODOS ESTAMOS ABAJO. Y ahí nos vamos a quedar, peleando entre nosotros, burletéandonos unos de otros, mientras los dueños de nuestro dinero nos miran divertidos y nos siguen saqueando por generaciones.
Hay quien llama a los hinchas y hooligans trogloditas: salvajes, incivilizados.
Pero ¿sólo ellos lo son? Yo creo que no.
Troglodita es también quién pisa el acelerador y mata; troglodita es quien lo aplaude y quién se alegra por ello. Gente así debería ser monitoreada por profesionales de la salud mental, porque son bombas de tiempo andando entre nosotros.
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