Crónica de cucarachas y esperas.
Lunes, 9.30 am. ¿Día? Puede ser cualquiera menos los lunes de diciembre, que vienen cargados de la insulsa esperanza que “ya viene lo bueno”. Los ojos aun me lloran del sacrificio a abrirlos a la fuerza y arrancarlos de un sueño placentero. Esta mañana desperté mientras soñaba con animales pequeños que corrían a mi alrededor, un gato, un perrito y una comadreja. Y sonó la alarma, puta madre. Nos estábamos divirtiendo; espero que vuelvan algún día a visitarme.
Ya me encuentro ante el teclado de la computadora, en mi escritorio burocrático, completa y absolutamente infeliz con mi vida. El café me regresa un poco el instinto de supervivencia y ordena mi cabeza. ¿Qué es lo que hago aquí? ¿Qué hacemos en esta oficina? Ah sí, vigilamos el uso de los recursos federales en materia de seguridad pública. “En materia”, como discurso rancio. Rancio como todo aquí. El olor a trapeador sucio pelea con el de aire acondicionado sucio y el del polvo que cubre absolutamente todo lo que me rodea. Al menos ya no veo tantas cucarachas. Tuve que traer mi propio líquido insecticida para tratar el frecuente problema de encontrar habitantes en mis cajones. Si yo no soy feliz, ellas tampoco lo serán.
Vuelve la pregunta ¿qué me tocaba hacer hoy? Y la respuesta a veces llega rápido ante alguna urgencia, pero en días como hoy, en los que toda la maquinaria parece dormitar en el sopor del verano, es posible que tarde una hora o más en llegar. Mientras tecleo. Así quien me escucha piensa que trabajo.
Mi lugar no está tan mal, la silla es cómoda, porque es mía, comprada con mis recursos y para mis necesidades lumbares. La computadora es buena, no tiene problemas de velocidad o conectividad. Me permite trabajar, y eso, en una realidad donde los sueños de las personas son estrujados y vueltos añicos, es lo único que importa. Que lo dejen a uno trabajar sin problemas al menos.
Mi espacio es una mezcla de gustos personales y gritos de auxilio. Tengo figuras de anime, dibujos, imanes que mi hermana me ha traído de sus viajes, una linda bocina que asemeja una radio antigua, un refrigerador de escritorio donde salvo mi preciado almuerzo de las plagas y la descomposición, mi tacita de café, mi termo de agua, y mi favorita, una figura Funko del monstruo Medusa en actitud de ataque. Me fascina pensar que ella me defiende de las malas vibras e intenciones que por aquí abundan. Uno de mis compañeros tiene una planta acuática, y yo, yo tengo una Gorgona.
Miro el reloj y apenas van a dar las diez. Aquí el tiempo transcurre diferente del exterior. Una hora se siente como un día, y un turno completo, como media vida. Voy al baño porque la urgencia me lo exige, pero cada viaje a ese sitio se siente como descender a un abismo en el infierno. Todo ahí huele mal, se ve peligroso y es deprimente. Los azulejos rotos, los canceles desprendidos y vueltos a poner con taquitos de papel de baño, los sanitarios sucios eternamente, y hoy, la jabonera vacía. Ya lleva vacía una semana, lo que aumenta esa sensación de desamparo y vulnerabilidad. Mojo mis manos para intentar limpiarlas, las seco y froto con un papel, y regreso a mi escondite a empaparme de alcohol que traje para este tipo de situaciones cotidianas, pero sé que estaré incómoda el resto del día sin haberlas lavado propiamente. En el baño hay una muy pero muy pequeña ventana de ventilación, desde la que se alcanza a ver el sol brillando y el viento fresco soplando y meciendo las copas de los árboles. Un pájaro pasa volando a toda velocidad. Vuela compadre, tú que puedes.
Diez y veinte. Me distraigo un rato con el teléfono. Tengo una relación de amor y odio con él. Es mi escape de la rutina, pero uno que no deja de atormentarme con lo re bien que se la pasan los demás haciendo otras cosas. Y ni se diga cuando se acerca la hora del almuerzo, me tortura con imágenes y recetas de platillos de todo el mundo, ofertas de restaurantes o videos de cafeterías lindas de la ciudad…
ALTO. ¡CUCARACHA!
Me muevo rápidamente para retirarla con la mano de mi termo de agua. En estos años he aprendido a tocar toda clase de porquerías con mis manos sin vomitar. También aprendí a no gritar cuando el bicho me sorprende a menos de 2 cm de distancia caminando sobre mis preciados objetos. A veces siento pena por mis juguetes. ¿Cuántas cucarachas no les caminarán encima cada noche o fines de semana que no estoy para defenderlos? Baño de alcohol mi termo, pero es muy probable que el día de hoy prefiera deshidratarme un poco.
Gastar dinero en comprar una botella de agua no es opción. Otro de mis escapismos a esta pasmosa realidad ha sido comprar cosas que no necesito. Y eso naturalmente me tiene endeudada hasta el cuello. No hay escapatoria, trabajo para pagar, gasto para sobrevivir. Es la perfecta esclavitud.
Tal vez no pensaría tanto en esto si careciera de conciencia crítica. Pero desgraciadamente vengo de una familia de lectores y escritores, y eso nos convierte en personas eternamente insatisfechas y exigentes. Los demás a mi alrededor caminan felices entre la mugre y las cucarachas, viven agradecidos con el de arriba por tener un trabajo, tienen incluso algunos el atrevimiento de presumir y sentirse superiores, aquí, ¡en este pantano! ríen y hablan entre ellos -yo casi no hablo con nadie- y su mente solo se preocupa por qué comprar, dónde comer, qué beber y a quién follar.
Y yo, con una preocupante falta de vitamina D y probablemente una deficiencia de serotonina que crece con cada día que paso acá, solo pienso en mis errores de juicio hace un par de décadas, cuando podía ejercer una profesión basada en la escritura, la investigación y la docencia. Errores que hoy, a mis casi treinta y nueve años, me cobran caras facturas de frustración, tal vez más caras que las que el banco me cobra cada mes.
El hubiera no existe. Uno toma decisiones y camina por senderos sin poder dar vuelta en U. Aunque en la actualidad la multimedia trata de vendernos la idea optimista que nunca es demasiado tarde para volver a empezar, la realidad para muchos de nosotros se resume a tomar los pedazos del naufragio de nuestro proyecto de vida, y nadar hasta alguna islita donde pasar el resto de nuestras vidas sin ser molestados, cuando menos eso, en paz.
La reflexión del hombre y la mujer a la mitad de la vida, siempre depende de cómo nos va en la feria. Y para quien lo jodió todo, la reflexión es: Algún día saldré de aquí y viviré de una manera más sencilla.
¿Es eso posible?
Ya casi dan las once. Me doy cuenta que el tiempo ha empezado a transcurrir ligeramente más rápido mientras escribo. Sucede también cuando me pongo a leer un libro, actividad rebelde y transgresora de la norma “godín” para las horas muertas: “Mirar como idiota tu pantalla o echar el chisme en los pasillos o el baño, es decoroso, pero tomar un libro es perder el tiempo”.
Nuevamente quiero ir al baño. Sufre mi mente pensando en las alimañas que asaltarán mi taza de café o el termo de agua apenas me vaya. Sufre mi espíritu de pensar en el camino al baño, una pasarela por el largo pasillo de trabajadores, que no soporto y que tengo que saludar cortésmente a mi paso. No es culpa de ellos, no me han hecho nada. Pero lo más triste de una vida burocrática, es ser un introvertido obligado a entablar conversaciones todo el tiempo con gente extraña. De regreso del baño, noto que mis dedos se empiezan a agrietar por el uso de alcohol directo sobre la piel, pero es preferible a pensar en la cantidad de miasmas acumulados que tuve que rozar hace unos instantes y que contaminan mis manos y mis esperanzas.
A veces lloro cuando no puedo más con el desánimo. Hoy no lo hago porque no tiene muchos días que aconteció mi última crisis nerviosa, y liberé tal cantidad de cortisol que debería estar relativamente tranquila unas semanas.
Cerca de la media mañana llega la pregunta ¿Cuánto falta para la comida? La vida aquí es siempre un constante mirar el reloj y preguntar ¿cuánto más falta?
Traje dos refrigerios, una manzana y unas galletas saladas. Porque encima de todo, tuve a bien ponerme a dieta por aquello de cuidar la figura y la salud. No hay nada más miserable que mirarse al espejo y no saber elegir entre llorar por los fracasos profesionales, o por la lonja nueva que me salió en la cintura. Ya no tengo quince años, y cada kilo ganado, es pasar un calvario para volver a perderlo. Me comeré la manzana para pasar el rato. Otra de las habilidades adquiridas en este tiempo, es el mantener el apetito y poder comer en sitios muy sucios y aún después de haber ido al espectáculo dantesco del baño.
Treinta y ocho minutos comiendo una manzana, un nuevo récord de lentitud ha sido establecido. Cuando hay que intentar quemar todo el tiempo posible para no sentir el paso de los segundos, hasta comer una manzana, o poner los señaladores adhesivos en orden de colores, puede volverse un recurso útil, y hay que hacerlo rendir. Hace años, leyendo el Ébano de Kapuściński, aprendí que la gente bajo el abrasador sol africano, se mueve lentamente, o casi nada, para no gastar energía y no sentir el calor, podían pasar horas en un mismo sitio, sin mover una pestaña, aguardando, inmóviles, el ocaso con el que volvían a la vida, y a las calles, como si de una fiesta se tratase. Lo mismo pasa aquí, el burócrata en horas muertas debe aprender a pasar toda una jornada sin moverse, en una silla sentado, en una posición decorosa, fingiendo concentración para engañar a nuestro sol abrasante: el sistema. Así hasta que se oculta el sol, y llega la hora de la salida, y volvemos a lo que queda de vida, antes de la hora de dormir.
Ya casi es medio día. Las doce para el godín es la hora del descanso, de comer una botana, de sacar la colación dietética, y es el punto en que la jornada pasa a su segunda mitad. Uno puede saber que son las doce, sólo por el aumento ligero en los decibelios de ruido ambiental.
La manzana no hizo mucho por mí, y probablemente de cuenta del paquete de galletas saladas, lo cual convertirá la recta de tres horas antes de la comida, en un auténtico suplicio a menudo cayendo en la derrota de comprarle a la compañera que vende comida chatarra, unos cacahuates japoneses o unas galletas. Derrota doble, económica y nutricional.
Cayó trabajo. Diez minutos y ya estaba listo. El asunto consiste en llenar una cédula de información con datos sobre el estatus de un municipio respecto de su asignación, programación y gasto de los recursos que recibe de un fondo federal. No es tan complicado como suena, solo es consultar bases de datos en Excel y juntar la información requerida.
Trabajar en un área técnica es fácil porque es como hacer sumas. Dos más dos siempre serán cuatro. Sin lugar a interpretación. Y aquí, el dinero dado y el dinero gastado siempre deben dar el mismo número de diferencia. Ni más, ni menos.
A veces me siento como una intrusa en este lugar. Con mis medusas, mis cuentos y mi rebeldía, en un área de números, contadores y gente resignada. Llegué aquí como refugiada de guerra. Pues en mi adscripción de origen, el área de comunicación social, reinaba una jefa banshee, que no dejaba que ni un rayo de felicidad o autoestima se filtrara en sus oscuros terrenos. Lo intenté dos años, pero al final vencida y deprimida, solicité un cambio a algún sitio donde mi habilidad para redactar oficios y documentos institucionales pudiese ser un poco más agradecida.
No puedo decir que lo logré del todo. Sí escribo oficios, y muy bien hechos, y hago fichas informativas ocasionales, pero sigo siendo, en medio de un equipo de atención telefónica a municipios, manejo de bases de datos y balances presupuestales, el elemento incómodo que los demás opinan que no hace tanto.
Aquí me sostengo por obra y gracia del señor. Mi habilidad para escribir sin equivocarme y darle el sentido adecuado y puntual a las solicitudes que se realizan en los mentados oficios a los municipios u otras dependencias estatales o federales, ayuda a que mi trabajo, mucho o poco, no pase desapercibido a los ojos de mis superiores. Finalmente, todo el trabajo técnico siempre tiene que traducirse en el bello arte de la redacción institucional, así que chupen limón, yo funciono aquí, aunque no les guste.
El problema viene cuando me aburro, cuando miro el reloj, o peor, el calendario. De una vida que está pasando de noche, sin retos, sin logros, sin nada, más que el sueldo mensual vertido en mil deudas inservibles.
Cuando me quejo, todos me dicen que haga algo. Que escriba, que de clases, que busque trabajo en internet. Pero lo que no saben, es que todo eso ya lo he hecho, sin mucho éxito que digamos. Es mentira eso de los decretos, lo de atraer la fortuna. La fortuna es tan azarosa como el temperamento de mi gato. Un día te sonríe un ratito, y al instante siguiente, está prendido de tu pierna para causarte una herida que no tarda en sangrar y arder. Y las puertas tocadas, desgraciadamente no se han abierto o al abrirse no encontraba nada. No siempre hay un tesoro al final de cada búsqueda.
Soy impaciente, siempre lo fui. Por eso abandoné la parsimoniosa senda del erudito, cuando a mis veinte trabajaba ayudando a un investigador, y todo pintaba para caminar hacia un futuro académico probablemente más fructífero que el circo gubernamental en el que estoy metida. Tenía veinte años y quería trabajar, ganar un sueldo, valerme por mi misma. Y al final lo hice, cambié la biblioteca y el aula por una oficina y una tarjeta de nómina. Sin entender que la escalera burocrática no se puede escalar sólo con preparación, pero sin talento para socializar o habilidades tramposas como la lambisconería o la prostitución. No se puede avanzar siendo Gregorio Samsa. En la academia, claro que sí, en la oficina, olvídalo.
Pero aquí estoy, casi 20 años después. Aún impaciente, pero ya resignada. Irónico.
El problema de ser la hijita inteligente, la nena que escribe muy bien, la alumna de diez, es que las expectativas ajenas mezcladas con rebeldía propia, siempre le juegan a uno las contras. Estudia uno filosofía para aspirar a convertirse en Aristóteles, no en Diógenes o Nietzsche. Escribe uno para vivir como García Márquez, no como Bukowski.
Entonces el tiempo transcurre inexorablemente, y en un pestañeo, una vida pasa de ser interesante y prometedora, a aburrida y mediocre. Nauseabunda.
Y sí, tengo lo que todos tienen para no tirarse del puente. Adorable familia, pocos, pero buenos amigos, una pareja incondicional, una mascota. Sin embargo, mi crisis no nace de la soledad o la incomprensión, sino del aburrimiento y la insatisfacción. De la severidad de mi propio juicio al mirarme en el espejo. Yo soy mi peor enemiga.
Ya es la una. He trabajado más en estas horas que en los meses pasados. Y se que este es un trabajo inútil, pero es mío, y es honesto, eso lo hace más valioso que mis oficios institucionales.
Este es el punto en el que debería detenerme, sin embargo, deseo continuar, tal vez porque la voz que narra este relato, adormece los gritos de mis demonios interiores, los que me recuerdan los fracasos, las deudas, la mugre y las cucarachas. Porque mis letras se alzan sobre todo eso, y sobre la gente que me rodea y a veces me mira con desprecio por no saber convivir, se alzan con alas que son capaces de sacarme de este cubículo asfixiante por un rato, y llevarme a un territorio más gentil, el de las palabras, el de los que escriben y los que saben hacerlo bien. No es superioridad, es libertad, es romper mis cadenas frente a sus inexpresivos ojos de reses en el corral. Romper mis ataduras con juicios y críticas y reflexiones, todo eso que no se desea ni se espera de un burócrata, y menos de una mujer burócrata.
Me siento cansada, con frío por los aires acondicionados, sedienta y hambrienta. Me pregunto si vivir así es obligatorio. Inclusive no solo para mí, sino para todos los que aquí trabajamos. ¿Es justo? ¿Deberíamos agradecer que tenemos empleo y aceptar con cariño a las cucarachas, con ánimo las bolas de cabello y pelusa en las esquinas, con brío el olor nauseabundo de los pisos, o del baño sin papel ni jabón, sin espacio de comedor, sin seguro social, sin fondo de pensión, sin vales de despensa, firmando contrato mensual, sin derecho a salir ni a la tiendita a comprar un café, ni a tomar el sol un par de minutos en el estacionamiento, so pena de ser anotado en una lista negra, encerrados como reclusos en este edificio tan peculiar como asqueroso?
Decidí darle una oportunidad a mi termo de agua para no sentir tanta sed. La boquilla está cubierta así que no hay posibilidad de haber sido recorrida por ningún bicho. Sin embargo, llega de repente a mis labios un sabor muy extraño, como a descompuesto. Olvidaba que el suministro de los garrafones en este lugar no sabemos a ciencia cierta de dónde viene y ya en dos ocasiones han suspendido el servicio por varios días debido a la aparición de partículas extrañas flotando en el agua. Esta mañana llené mi termo inocentemente, y al ser éste opaco, desconozco si en este momento estoy ingiriendo alguna espora u hongo. El sabor es raro y definitivamente no es agua purificada. Dejaré de beber por hoy del termo y lo lavaré en casa. Encontré tres paquetes de chicles cerrados en mi lapicera, con eso tendrá que bastar por ahora. Reconozco que ahora sí no pude controlar la náusea del sabor del agua y empiezo a respirar profundo para que se me pasen. El alcohol es mi mejor aliado y también sirve para quitar el mareo.
Podría seguir todo el día, ya dieron la una y media. Esta es la hora en la que el humor, el ánimo y la esperanza se desvanecen; aunque curiosamente, en media hora más, dadas las dos, el humor cambia totalmente, porque comienza el conteo regresivo para la hora de la comida. Una miserable hora que no sirve para nada, porque con el tráfico de la ciudad tendría que vivir uno aquí a lado para considerarlo un descanso. Entonces sencillamente se vuelve una hora para apurarse a comer en el chatarrero más cercano -esta zona está alejada de la ciudad y no hay nada alrededor más que puestos callejeros de tacos y una que otra fonda tifoidéica-.
Debo parar. Toca perder el tiempo un rato más en la internet, charlar con la familia en el WhatsApp, leer un rato, pero discretamente para no levantar sospechas de las hordas de analfabetas funcionales que por aquí deambulan. Y ya que den las tres correr a ganar turno en el microondas para calentar mi comida, encerrarme en el cubículo a comer silenciosamente, y quedarme inerte las últimas dos horas de trabajo para salir con un poco de energía al mundo cuando den las benditas seis de la tarde.
A lo mejor lo mío sí es narrar, y no perfeccionar el arte de perder el tiempo. Pero mientras, toca esperar. ¿A qué? No lo sé, pero mientras espero, escribiré.
Me gusta tu prosa. Me entristece mucho la situación por la que pasas, el tormento de ser conciente, el anhelo de volar, de olvidar, de ser. Rezaré por un cambio, para que las mareas te lleven a un lugar donde te sientas mejor, donde haya agua fresca para beber y el sol cálido y el aire fresco te bañen, un lugar donde pases los días con tu gato en paz.
ResponderEliminarGracias gentil lector o lectora, el gato y yo esperamos los vientos del cambio...
EliminarEs una atractiva reflexión sobre lo cotidiano, lo que nos lastra y la revelación de que, al final y sobre todo, se puede ser más grande que las inutilidades del mundo burocrático y trascenderlo. Siempre se puede. La experiencia nos lo enseña.
ResponderEliminarInvictus
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