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Ni los veo ni los oigo

Ayer tuve uno de esos días introspectivos en los que se plantea uno hasta el significado de la existencia mientras lava los platos. Todo empezó con un electrodoméstico fallido, pecata minuta de la cotidianidad de una casa, pero no para mi, no ayer. Por primera vez en mi vida le lloré a un aparato de cocina muerto, y no porque no se pueda reemplazar, sino que el fin de su vida útil marca un nuevo ciclo para casi todo lo que me rodea. Un día es la arrocera, otro día será una hornilla de la estufa y otro más, el refrigerador. Desafortunadamente ya no vivimos en aquellas épocas gloriosas en que un aparato duraba 30, 40 años. Ahora todo es de úsese y tírese, con la famosa obsolescencia programada que nos viene a recordar que no importa cuánto ahorres, cuanto desees conservar, todo termina yéndose a las manos de unos cuantos empresarios. Siempre. Mientras limpiaba mi cocina del desastre de agua de arroz que se salió del aparato, pensaba en tanta gente que vive estas microrealida